Visitar y atender a los enfermos

Todo el mundo ha practicado alguna vez la obra de Misericordia corporal “Asistir a los enfermos”, atendiendo o visitando a algún enfermo de mayor o menor gravedad.

El anuncio de una enfermedad, sobre todo si es grave o larga, provoca trastornos a quien la sufre y también a las personas de su entorno. Impone cambios en la vida diaria que obligan a tomar decisiones para afrontarlos y prepararse psicológicamente. La incertidumbre del futuro provoca angustia, a menudo crea tensiones dentro de la familia, e incluso comporta desequilibrios emocionales. Se pone a prueba la solidez de los vínculos familiares y de afecto mutuo, y la capacidad de aguante personal y de entrega a los demás.

Se precisa atención médica, pero una persona enferma necesita algo más: sentirse amada por Dios, que no le desea ningún mal, y que la acompaña durante el sufrimiento. Con su Palabra y sus Sacramentos: “El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura” (Salmo 103, 3–4).

También necesita el afecto y la compañía de las personas que la atienden, sean de la familia, o profesionales, o voluntarias, que le ayuden a mantener la dignidad. Sobre todo en las enfermedades que acaban con la muerte.

Una tarea colectiva y consolidada es el grupo de visitadores de enfermos con el que cuenta la mayoría de las parroquias, que cumplen con creces esta cita “No dejes de visitar al enfermo, porque con estas obras te harás querer” (Eclesiástico 7,35).

Oración

Padre, en este Año Santo de la Misericordia
te encomendamos a los debilitados por la enfermedad.
Sabemos, y te damos gracias, que son los primeros para ti.
Ayúdales a mantener la paz
en medio del dolor, de la angustia y del miedo.
Hazles sentir la fortaleza y el consuelo
de tu presencia y compañía.
Sé bálsamo en su sufrimiento.
Transforma sus vidas y hazlas transparentes
para que quienes los cuidad y visitan
puedan descubrir en ellos tu presencia
de Padre Misericordioso.