Archivo de la etiqueta: Carta de D. Carlos

¡Atrévete a ser testigo y apóstol!

Acabo de llegar del XXXIV Encuentro de Apostolado Seglar celebrado en Madrid, que ha organizado la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (CEAS). Hemos estado reunidos obispos de la Comisión, delegados de Apostolado Seglar de las diversas diócesis de España y presidentes de movimientos y asociaciones. Ha sido un tiempo de gracia en el que todos hemos percibido, de un modo evidente, el regalo lleno de belleza y de bondad que Nuestro Señor ha querido hacer a la Iglesia, para que siga caminando con confianza y esperanza en este tercer milenio. Todos los que hemos asistido (obispos, sacerdotes y laicos) hemos sentido de una manera especial la urgencia de vivir con esa certeza que el Papa Francisco con tanta pasión nos manifiesta: “Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

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¡Atrévete a alumbrar!

Cuando este domingo meditaba el Evangelio (Mt 5, 13–16), surgía en mí la necesidad de poder deciros a todos estas palabras: ¡Atrévete a alumbrar! ¿Por qué? En algunas ocasiones he podido leer y reflexionar sobre la admiración que los pueblos de África y Asia sienten por las múltiples realizaciones de Occidente, tanto técnicas, como científicas. Pero, al mismo tiempo, hay algo que les asusta de una manera muy grande, una razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre. Porque estos pueblos y culturas saben muy bien, y así lo viven, que la inclusión de Dios es la forma más sublime de la razón y lo que conviene que se enseñe a sus gentes. Por eso, hay que decir con toda claridad que en África y Asia la amenaza verdadera no la ven en la fe cristiana, sino en el desprecio de Dios, en la mofa que se hace de lo sagrado cuando se considera que eliminarlo de la vida personal y colectiva, de la construcción de los pueblos y de su historia, es un criterio supremo del derecho de la libertad y de la utilidad.

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María, maestra del nuevo “ardor”, “método” y “expresión”

Cuando vamos a celebrar la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, y el Papa Francisco nos ha regalado para este día un mensaje lleno de realismo y esperanza, “Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor”, me ha parecido proponeros en este día a la maestra que el Señor eligió para devolvernos siempre la mirada hacia Jesucristo, la Virgen María, que aquí en Valencia invocamos con un título entrañable y que nos recuerda siempre a los más necesitados, Mare de Déu dels Desamparats. Cada vez que voy a la Basílica, tengo un especial interés por observar a todos los que llegan, me fijo en las personas que entran, en sus rostros que revelan también sus situaciones y preocupaciones.

En esta observación general, veo muchos rostros procedentes de otros lugares de la tierra que vienen buscando mejorar sus condiciones de vida. Y una de las visitas que hacen es a la Virgen. Ella es la Madre de los Desamparados y todos encuentran a su lado, en su cercanía y en la invocación que le hacen para que interceda ante su Hijo, amparo, compresión y esperanza en un mundo mejor y en unas condiciones de vida para ellos más humanas y más respetuosas con su dignidad de hijos de Dios. En el año 2006, el entonces Papa Benedicto XVI nos recordaba que el creciente fenómeno de la movilidad humana emerge como un “signo de los tiempos”. Un signo que, es cierto, tiene dos vertientes: 1) nos hace ver las carencias y lagunas de los Estados y de la comunidad internacional; y 2) nos revela las aspiraciones de una humanidad que quiere y busca la unidad, el respeto de las diferencias, la acogida, la hospitalidad, el que todos puedan participar de las riquezas de la tierra y la dignidad que todo ser humano tiene, regalada por Dios y que Dios quiere que se respete, se promueva y se viva según la misma.

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Atraídos siempre por la belleza de la luz de Cristo

Hay situaciones y momentos de la vida en los que es necesario tener la misma experiencia que tuvieron los Magos en Belén: “entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego los cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Cuando encontramos con rostro a quien es la Luz, surge con espontaneidad postrarnos, adorarlo y ofrecerle lo que somos y tenemos. ¿A quién le estamos dando nuestra vida hoy los hombres? ¿Quién nos conquista? ¿Dónde están los vacíos más importantes de nuestra existencia? ¿Los caminos que se nos proponen están haciendo acaso felices a los hombres? ¿Las visiones de la vida y del hombre que se nos entregan llenan el corazón y nos hacen ser más abiertos a todos los otros, menos violentos y con una vida más inclusiva para todos?

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