¡Qué buena noticia, hermanos!

Ha llegado el reino de la vida y ha sido destruido el imperio de la muerte; ha llegado el reino del amor y ha sido destruido el imperio de la injusticia. Ha llegado el día de la salvación, de la paz y de la reconciliación. Ha hecho su aparición un nuevo nacimiento, una vida nueva, un nuevo modo de vida, una transformación de nuestra misma naturaleza. ¿Cuál es este nuevo nacimiento? El de Jesús, el Hijo de Dios.

¡Qué inmenso e infinito amor de Dios hacia nosotros! Nos envía a su Hijo para liberarnos de la esclavitud, enseñarnos la verdad, indicarnos el camino y darnos la vida verdadera; nos enriquece con los tesoros de su gracia y nos hace hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

Este misterio de amor tan grande, no sólo es un recuerdo de algo que sucedió hace más de 2000 años, Jesús está dispuesto a nacer en tu corazón y habitar espiritualmente en tu alma con la abundancia de sus gracias, si tú, por tu parte, le quitas todo obstáculo. Él no está lejos; tú eres el que haces que esté lejos, cuando no le dejas nacer en tu corazón. Ámalo, y se te acercará; ámalo, y habitará en ti.

Lo mismo que cuando esperamos recibir a una persona importante,  preparamos y arreglamos la casa, hemos de preparar nuestro pesebre, que es nuestro corazón, y tenemos que arreglarlo y limpiarlo del polvo del mundo: la ambición, el egoísmo, la envidia, la soberbia y otras debilidades propias de nuestro corazón humano, que ha de estar limpio, brillante, ordenado, luminoso, para que ilumine el sendero que nos conduzca a amar a Cristo y a nuestros hermanos. Así, cuando el niño Jesús nazca de verdad en tu corazón, lo encontrará lleno de los mejores manjares de fraternidad, amor, humildad, fe, aceptación de la voluntad de Dios y de obras buenas.

Como María, nosotros también escuchamos el mismo anuncio del ángel y estamos invitados a contestar a Dios con nuestro «sí», a acogerlo en nuestra vida. Dios está dispuesto a que en cada uno de nosotros se encarne de nuevo su amor salvador. Quiere ser de veras, al menos por su parte, Dios-con-nosotros; es la perspectiva que da más esperanza a nuestra existencia. Creer que Dios es Dios-con-nosotros no sólo quiere decir que es nuestro Creador y protector, o que nos llena de dones y gracias, o que está cerca de nosotros. Significa que se nos da Él mismo, que Él mismo es la respuesta a todo lo que podamos desear, que nos ha dado a su Hijo y a su Espíritu, que nos está invitando a la comunión de vida con él y nos hace hijos suyos. Dios-con-nosotros significa que todo lo que ansiamos tener nosotros de felicidad, amor y vida, se queda corto con lo que Dios nos quiere comunicar. Con tal que también respondamos con nuestra actitud de ser «nosotros-con-Dios». Eso nos llenará de alegría. Y cambiará el sentido de nuestra vida.

Se dice que, cuando los pastores se alejaron del pesebre y la quietud volvió, el niño Jesús levantó la cabeza y miró la puerta entreabierta. Un muchacho joven, tímido, estaba allí, temblando y temeroso.
–Acércate –le dijo Jesús– ¿Por qué tienes miedo?
–No me atrevo… no tengo nada para darte.
–Me gustaría que me des un regalo –dijo el recién nacido.
El pequeño pastor enrojeció de vergüenza y balbuceó:
–De verdad no tengo nada… nada es mío; si tuviera algo, algo mío, te lo daría… mira. Y buscando en los bolsillos de su pantalón andrajoso, sacó una hoja de cuchillo oxidada que había encontrado.
–Es todo lo que tengo, si la quieres, te la doy…
–No –contestó Jesús– guárdala. Querría que me dieras otra cosa. Me gustaría que me hicieras tres regalos.
–Con gusto –dijo el muchacho– pero ¿qué?
–Ofréceme el último de tus dibujos. El chico, cohibido, enrojeció. Se acercó al pesebre y, para impedir que María y José lo oyeran, murmuró algo al oído del Niño Jesús:
–No puedo… mi dibujo es «muy malo»… ¡nadie quiere mirarlo…!
–Justamente, por eso yo lo quiero… siempre tienes que ofrecerme lo que los demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además quisiera que me dieras tu plato.
–Pero… ¡lo rompí esta mañana! – tartamudeó el chico.
–Por eso lo quiero… Debes ofrecerme siempre lo que está roto en tu vida, yo quiero arreglarlo…
Y ahora – insistió Jesús– repíteme la respuesta que le diste a tus padres cuando te preguntaron cómo habías roto el plato.
El rostro del muchacho se ensombreció; bajó la cabeza avergonzado y, tristemente, murmuró:
–Les mentí… Dije que el plato se me cayó de las manos, pero no era cierto… ¡Estaba enfadado y lo tiré con rabia!
–Eso es lo que quería oírte decir –dijo Jesús– Dame siempre lo que hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías y tus crueldades. Yo voy a descargarte de ellas… No tienes necesidad de guardarlas… Quiero que seas feliz y siempre voy a perdonarte tus faltas. A partir de hoy me gustaría que me recibieras todos los días en tu casa”.

Jesús quiere que le demos nuestro corazón como regalo, Él lo quiere como esté, maltrecho, herido, tal vez con algún rencor dándole vueltas en su interior. Él quiere que le demos lo que tenemos y somos, y aquello que somos y tenemos no siempre es bello, bueno, digno. Si no le ofrecemos nuestra oscuridad, él no podrá transformarla en luz. Jesús sabe qué hay dentro de nosotros, sólo espera que nosotros se lo ofrezcamos humildemente. No sólo lo malo, sino también lo que haya de bueno. Lo que ocurre, es que si no ponemos en manos de Jesús nuestros defectos, desilusiones, insatisfacciones o todo aquello que no está bien en nuestra vida, le estaremos quitando la oportunidad de ayudarnos, de transformar todo aquello que tiñe de gris nuestra existencia en una luz esperanzadora y que guíe nuestra vida. Es un buen momento para ofrecerle a ese niño recostado en el pesebre este regalo, que no sólo nos pide en Navidad, sino a lo largo de toda nuestra vida. Una vez que lo hayamos hecho, nos sentiremos mejor, pues habremos dejado en sus poderosas manos todo aquello que necesita ser sanado en nuestro interior. Seguramente nos preocuparemos, para que este año, como todos, no falte ningún regalo de los Reyes Magos para ningún ser querido. Sería hermoso que no faltara el más importante de todos, que es Jesús.

FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO 2019, EN JESÚS.