La paz del mundo comienza en el corazón de cada hombre

Las lecturas de este Domingo se centran de un modo particular en la paz, como ese gran bien para el alma y para la sociedad. El Profeta Isaías anuncia que la era del Mesías se caracterizará por la abundancia de este don divino; será como un torrente de paz, como un torrente en crecida, resumen de todos los bienes: el gozo, la alegría, el consuelo, la prosperidad prometida por Dios a la Jerusalén restaurada tras el destierro de Babilonia. Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo. Isaías se refiere al Mesías, portador de esa paz que es, a un mismo tiempo, gracia y salvación eterna para cada uno y para todo el pueblo de Dios. La nueva Jerusalén es imagen de la Iglesia y de todos nosotros.

El Evangelio relata el envío de los 72 discípulos anunciando la llegada del Reino de Dios. A su paso se repiten los milagros: ciegos que recuperan la vista, leprosos que quedan limpios, pecadores que se mueven a penitencia, y por todas partes van llevando la paz de Cristo. El mismo Señor, antes de partir para esta misión apostólica, les había encargado: Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si hay allí gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz. Este mensaje lo repetirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Después de tantos años vemos, sin embargo, que el mundo no está en paz; la ansía y clama por ella, pero no la encuentra. En pocas ocasiones se ha nombrado tanto la palabra paz, y, sin embargo, pocas veces la paz ha estado más lejos del mundo. No es que haya una guerra globalizada, pero sí falta de paz. Lucha de razas, lucha de clases, lucha entre ideologías, lucha de partidos, terrorismo, guerrillas, secuestros, atentados, inseguridad, motines, conflictos, violencia, odios, resentimientos, envidias, acusaciones, recriminaciones. Paz, paz, dicen. Y no hay paz. No hay paz en la sociedad, ni en las familias, ni en las almas. ¿Qué ocurre para que no haya paz? ¿Por qué tanta crispación y tanta violencia, por qué tanta inquietud y tristeza en las almas, si todos desean la paz?

Quizá el mundo esté buscando la paz donde no la puede encontrar; quizá se la confunde con la tranquilidad, la comodidad, es posible que se haga depender del hombre mismo. La paz viene de Dios y es un don divino que sobrepasa todo entendimiento, y se otorga solo a los hombres de buena voluntad: gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. La paz, que lleva consigo la alegría, el mundo no puede darla.

Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados en disputas, porque han olvidado acudir al auxilio de Dios, para que Él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo.

Si nos conducimos de este modo, la alegría será tuya y mía, porque es propiedad de los que vencen; pues con la gracia de Dios, que no pierde batallas, venceremos, si somos humildes. Entonces seremos portadores de la paz verdadera, y la llevaremos como un tesoro inapreciable allí donde nos encontremos: a la familia, al lugar de trabajo, a los amigos…, al mundo entero.

Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré Yo. Solo en Cristo encontraremos la paz que tanto necesitamos para nosotros mismos y para quienes están más cerca. Acudamos a Él cuando las contrariedades de la vida pretendan quitarnos la serenidad del alma. Acudamos al sacramento de la Penitencia y a la dirección espiritual si, por no haber luchado suficientemente, hubiera entrado la inquietud y el desasosiego en nuestro corazón.

Sólo la presencia de Cristo en el corazón del hombre es el origen de la verdadera paz, que es riqueza y plenitud, y no simple tranquilidad o ausencia de dificultades y de lucha. San Pablo afirma que Cristo mismo es nuestra paz; poseerle y amarle es el origen de toda serenidad y paz verdadera.

Celebramos nuestra fe

07.07.2019               Nº 0041

14º del T. Ordinario C

Tú has venido a la orilla,
no has buscado ni a sabios ni a ricos.
Tan sólo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca:
junto a Ti buscaré otro mar.

Tú necesitas mis manos,
mi cansancio que a otros descanse,
amor que quiera seguir amando.


Isaías invita a Jerusalén, figura de la Iglesia, a alegrarse y saltar de gozo porque Dios tiene planes de paz: “yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz”. Y compara a Dios con una madre que acaricia y consuela a su hijo. Ésta es nuestra esperanza, porque es en la Iglesia donde Dios inunda nuestros corazones y los fecunda con su gracia, a través de los sacramentos, como esa madre que ama a sus hijos. 

Libro de Isaías 66, 10–14c

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes. Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado, se manifestará a sus siervos la mano del Señor.»

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial (S. 65)

Aclamad al señor, tierra entera

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre;
cantad himnos a su gloria;
decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó
mi súplica, ni me retiró su favor


Pablo resume su creencia de que es en Cristo, y en Cristo crucificado, donde todos encontramos la salvación. Él personalmente sólo sabe gloriarse en la cruz de Jesús, “en la que el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”. Todos, por el Bautismo, llevamos el sello de Cristo y debemos ir configurándonos a Él, renunciando a las cosas del mundo.

Gálatas, 6,14–18

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

Palabra de Dios


Jesús envía, además de los apóstoles, a otros setenta y dos discípulos por los diversos pueblos a donde luego pasará él. Lo que tienen que hacer, después de desear la paz a todos, es transmitir este mensaje: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. También nos envía a nosotros, para ser portadores de esa buena noticia y de la paz; apartemos pues el odio, el rencor, la envidia, el orgullo, la enemistad y seamos de verdad hombres y mujeres de paz y de amor.

Aleluya Col 3, 15a. 16ª. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.

Evang. de s. Lucas 10, 1–12.17–20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed de lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros.” Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado.” Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad.» Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.» Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor

Presentación de los dones

Una espiga dorada por el sol,
el racimo que corta el viñador,
se convierten ahora
en pan y vino de amor
en el cuerpo y la sangre del Señor.

Compartimos la misma comunión,
somos trigo del mismo sembrador,
un molino, la vida,
nos tritura con dolor,
Dios nos hace eucaristía en el amor.

Durante la comunión

Sois la semilla que ha de crecer, 
sois estrella que ha de brillar. 
Sois levadura, sois grano de sal, 
antorcha que debe alumbrar. 
Sois la mañana que vuelve a nacer, 
sois espiga que empieza a granar. 
Sois aguijón y caricia a la vez, testigos que voy a enviar.

Id, amigos, por el mundo, anunciando el amor, mensajeros de la vida, de la paz y el perdón. Sed, amigos, los testigos de mi resurrección. 
Id llevando mi presencia con vosotros estoy.

Sois una llama que ha de encender 
resplandores de fe y caridad. 
Sois los pastores que han de guiar 
al mundo por sendas de paz. 
Sois los amigos que quise escoger, 
sois palabra que intento gritar. 
Sois reino nuevo que empieza a engendrar justicia, amor y verdad.

Sois fuego y sabia que viene a traer, sois la ola que agita la mar. 
La levadura pequeña de ayer fermenta la masa del pan. 
Una ciudad no se puede esconder, 
ni los montes se han de ocultar, 
en vuestras obras que buscan el bien los hombres al Padre verán.

Final

Mientras recorres la vida
tú nunca solo estás,
contigo por el comino
Santa María va.

Ven con nosotros
al caminar,
Santa María, ven. (Bis)